El milagro de San Andrés

Ads Velvet TobaccoComo muchos saben, al Apóstol Andrés, que vivió el en primer Siglo D.C., le fue otorgado por el Santísimo, el derecho de regresar a la Tierra una vez al año, sólo los 30 de noviembre, día de su muerte terrenal, para realizar un milagro. Esto ocurrió con regularidad en los últimos siglos, y se repetirá durante los próximos. Lo que es sorprendente en los milagros de San Andrés es la sencillez y la humanidad de sus decisiones, fruto de las enseñanzas de su maestro, Jesús el Nazareno. El día 30 de noviembre de 1974, Andrés regresó a su forma humana, llegando en esta tierra a las 11 de la mañana, precisamente en París.

Modestamente vestido como un pobre mortal, con un poco de frío en esa temporada de invierno que avanzaba, se dirigió a la Catedral de Notre Dame. No había vuelto a ver París desde los días de Luis XV, y encontró la ciudad muy cambiada. Vagó por las calles sin rumbo fijo, al fin y al cabo, ¡tenía a su disposición todo el día! Se detuvo en un kiosko de periódicos, leyendo algunos titulares de libros y revistas: la guerra en su país natal Palestina y guerras en otras partes del mundo, la llegada del hombre a la Luna, la elección del nuevo presidente, la inflación, etc. – Todo normal… – pensó con un velo de melancolía. Decidió seguir su camino y, pasando por la Rue d’Arcole, giró a la derecha, pasó por el mercado de las flores que corre por el paseo del Sena, y se mezcló entre la multitud. Las campanas tocaron el mediodía, se apoyó contra el parapeto del puente de San Luis y observó el lento fluir del río, el agua le recordaba algo especial en su vida, su hermano Juan el Apóstol, que ahora recordaba claramente había sido un pescador. Su mirada se fijó por debajo del puente, donde estaba en un hombre sentado, mal vestido, que sacó de su bolsa un bollo de papel periódico, lo tendió en el suelo y se dispuso a comer esos restos de comida encontrado quien sabe donde.

Ads Pipe SmokerAndrés realizó que él también tenía apetito, además estaba un poco cansado, por ende decidió ir a acompañar al mendigo. Cruzó el puente, en el borde del Sena, y se acercó al buen hombre. El mendigo levantó la cabeza, miró al recién llegado que también iba vestido modestamente, y seguramente pensó que pertenecía, como él, a la categoría de los que no tenían un techo donde dormir.

¡Que se aproveche! – exclamó Andrés
¡Gracias amigo, bien pueda sírvase Usted también!
contestó el mendigo

Andrés aceptó la invitación, se sentó en el piso a lado del mendigo y comenzó a roer los restos de un muslo de pollo.

¿De dónde eres? – preguntó el mendigo.
De un país sin fronteras – contestó el Santo.
¿Cuál es tu nombre? – añadió el buen hombre.
Mi nombre es Andrés, ¿y el tuyo? – preguntó Andrés.
Mi nombre es Simón, vivo aquí desde hace muchos años, vivo solo, pero estoy bien – contestó el hombre.

Andrés recordó que Simón fue también el nombre de su hermano Pedro, apóstol como él. Un surtido de restos de comida, trozos de pan duro, carne, verduras, la corteza de un queso viejo y la mitad de una botella de vino coronaron la unión singular de los dos nuevos amigos. Sin embargo, Andrés se sentía feliz. Terminada la frugal cena, Simón sacó una pipa del bolsillo de su chaqueta, esa se encontraba en un estado lamentable por el continuo uso, el anfitrión se la mostró a Andrés que apenas logró descifrar las palabras Bruyére Garantie, y dijo:

Siento no poder ofrecerte una fumada, pero me quedé sin tabaco, sabes, el tabaco es la única cosa que siempre echo de menos y que siempre me hace falta – lamentó el mendigo.
Simón, si alguien pudiera hacer realidad un deseo tuyo, ¿que es lo que más desearías que se cumpliera en tu vida? – preguntó el Santo.
Andrés, mi deseo es imposible, pues quisiera que mi pipa estuviese siempre llena de tabaco, que no se vaciara nunca y siempre permaneciera prendida ya que el fumar es el conforto de mi soledad.

El Santo se conmovió mucho, ya que era una criatura muy sensible. Dirigió sus pensamientos a Dios, y poco a poco con el dedo índice de su mano derecha hizo una cruz en el aire en frente a la cara de Simón, era la cruz de San Andrés.

Simón, lo que deseas se hará realidad, tu pipa siempre se quedará llena.

Simón se inclinó con admiración y vio con asombro que la cazoleta de su pipa se llenó hasta el tope de un buen tabaco, de color café, fuerte y aromático, justo lo que a él le gustaba. Prendió la pipa, dio dos o tres bocanadas, y exhaló el bendito humo, hacia el cielo. Se giró para agradecer a Andrés, pero su compañero ya se había ido.

El milagro había iniciado, pero la historia no termina aquí.

Ads Pipe SmokerEl mendigo Simón era feliz y no le faltaba nada en la vida, tenía toda la comida que pudiera necesitar, ya que los basureros de la ciudad de las luces siempre estaban llenos, resultado del consumismo de la sociedad de hoy en día. Su mayor deseo: una pipa humeante, siempre llena de un buen tabaco, había sido cumplido. Así pasaron los meses y luego los años, llegó el invierno de 1982 y en una noche muy fría, mientras dormía debajo del puente de San Luis, Simón sintió un escalofrío recorrer todos sus huesos, y despertándose, vio acercarse una triste figura de negro, que se mezclaba con la niebla que iba aumentando sobre el río Sena.

¿Quién es Usted? – le preguntó Simón.
Tu tiempo aquí se acabó, prepárate para venir conmigo, yo soy la muerte
Por favor, déjeme terminar de fumar y estaré listo para acompañarle
Muy bien ¡Pero date prisa! No tengo todo el tiempo del mundo.
dijo la muerte, aceptando ese ultimo deseo, fastidiada.

La muerte esperó cinco, diez minutos, media hora, una hora, dos horas, pero Simón continuó tranquilamente a echar nubes de humo azul.

Vamos… Simón… ¡Ya me has hecho perder más de dos horas!
Mi lista de visitas es muy larga…

Al final la muerte se cansó de esperar y se marchó. El bendito Simón seguía fumando, y en seguida, oyó una voz lejana en un antiguo idioma, que decía:

– Sancte Andreae intercede pro eo –

Simón sigue ahí, bajo el puente de San Luis, fumando su inseparable pipa.

(Las Fotos provienen de mi Colección Privada de Anuncios Vintage)

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